Estaba tumbada en la mesa de madera, en mitad de la nada, con un silencio abismal, ni una nube que molestara, tampoco la Luna se atrevió a deshacer tan hermosa vista...Sonreía imaginando qué o cómo podía describir lo que veía.
Muchos hubiesen esperado ansiosos ver una estrella fugaz, para pedir un deseo en concreto y reflejar en su cara un instante de ilusión, y estoy segura de que hace un tiempo yo también. Pero el hecho, es que lo único que se me cruzaba por la cabeza era: "no pediré ser feliz con lo que ahora tengo, pues eso ya lo he conseguido y lo disfruto día a día, no, pediré ser feliz con lo que llegue nuevo, con lo que venga, con lo que pase, con lo que aún no conozco...".
Hubo un momento, en el que hipnotizada contemplé un punto incluso más pequeño que los demás, que se movía muy rápido, pero no lo suficiente como para considerarlo fugaz. Podía seguirlo perfectamente e intentaba descubrir la trayectoria que seguía, pero se perdía, se perdía entre la inmensidad e infinidad de puntos brillantes que lo rodeaban. Quizás era un satélite y dudo muchísimo que fuese un avión. La cuestión, es que formaba parte de aquella belleza.
Debajo de mí, se extendía un enorme mar de nubes. Podría jurar que aquello era algodón. Este mar tapaba el mundo de ruidos y luces dejando encima a la tierra, la montaña, flores violetas, blancas y amarillas, el aire puro, el cielo...y las estrellas. Y allí, en medio de todo aquel mundo apartado, estaba yo, de manera insignificante, sin hacer el más mínimo ruido, sin moverme, simplemente sonriendo y mirando a los millones de puntos brillantes que hacían de la noche un espectáculo fascinante.